La venganza de San Bartolomé

Sólo la imaginación de Bécquer o de Gonzalo de Berceo serían capaces de trazar un argumento semejante al que ha corrido de boca en boca por las calles de Canales de la Sierra (La Rioja). Pero, como casi siempre la realidad supera a la ficción, vayamos allá con la increíble historia protagonizada por un ladrón de poca monta al que le persiguen las desgracias tras el hurto de una talla de San Bartolomé del siglo XV y que, en un estado de desesperación absoluto, decide devolverla al pueblo.

El escenario es, como ya hemos dicho, la serrana localidad de Canales de la Sierra. En un promontorio se alza altiva la iglesia de San Cristóbal, templo románico construido en el tránsito de los siglos XII-XIII y que en época medieval ostentaba la categoría de parroquia del barrio de yuso o de abajo de esta localidad de generosa historia.

Los hechos se remontan a principios de los años noventa. En esa década, el interior de la iglesia, monumento nacional, sufre una profunda remodelación que trata de recuperar los vestigios originales de una construcción que había sufrido una honda transformación con el devenir secular. La iglesia románica de aire castellano, todo un símbolo para las gentes de Canales, escondía varias sorpresas detrás de su pórtico, más concretamente bajo el forjado de su suelo. Debajo de añejas tablas numeradas no sólo aparecieron tibias y peronés de cadáveres centenarios sino también dos tallas no catalogadas. Los trabajadores que aquellos días se encontraban en Canales realizando diversas obras, sólo dieron cuenta de la presencia de una de ellas. Hasta aquí un hallazgo fortuito y un hurto, quizá, más previsible que la “aventura” que vivió su “secuestrador” a partir de ese momento.

Los sacristanes, junto al párroco, con la imagen de San Bartolomé

¿Qué ocurrió desde aquel día del año 92 y el inicio de este verano en el que los párrocos de las Siete Villas reciben la visita de un individuo que dice venir a devolver una talla que sustrajo hace más de diez años sin que nadie tuviera noticia de ella? Según el sujeto en cuestión, y como relataron los curas en su homilía del viernes 27 de agosto (Día de Consolación, patrona del barrio de abajo y uno de los dos días que el templo tiene culto) esos años fueron un “sin vivir”. Abatido se presentó en la casa parroquial de Canales, donde contó sus penas a los párrocos de las Siete Villas. “Se presentó de improviso y hecho polvo. Nos contó que no ha vivido desde entonces, que se había arruinado varias veces, que se separó de su mujer, que no se hablaba con sus hermanos, que se le habían gripado tres coches, que había sufrido diferentes accidentes laborales y desgracias sin fin”. Según los parrocos, él achacaba este mal fario a la imagen porque su placentera vida mudó a partir de ese preciso instante. “Según dijo, tenía presente todo el día la imagen y en ocasiones era mentarla para que no tardara en manifestarse con nada bueno”.

Para más inri, y cuando ya había decidido devolver la imagen sufrió un amago de infarto. Dos días después de recibir el alta se presentó en Canales con unas prisas enormes por desprenderse del San Bartolomé. “A principio del verano se presentó en el pueblo con la imagen embalada pero no quiso ser él el que retirara la envoltura. Se negaba a tocarla a toda costa”. “Imagina cómo nos quedamos cuando la tuvimos delante después de semejante historia. Eso sí, él realmente se liberó al dejarla porque venía hecho polvo”.

Con el juez de paz delante, se hizo un acta de entrega de la imagen tal como recomendó el Obispado. ¿Y la otra imagen? El Cristo crucificado se encuentra actualmente en la Iglesia de la Asunción. “Nos dijo que no se lo llevó porque no le cabía en el maletero del coche”.

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